EDITORIAL: REINVENTANDO LAS DROGAS

Cada vez estamos más ansiosos por encontrar fórmulas mágicas que nos saquen de la monotonía y nos lleven al nirvana, cuanto más rápidamente mejor, como la propia vida que llevamos de forma frenética y que percibimos, las más de las veces, como insustancial. Si hay que colocarse que sea como “il faut”, de manera práctica, con nuevos métodos, a ser posible legales, que sean temáticos y a elegir, sin imposiciones estúpidas, ni mediocridades. Están pasando los días en los que jóvenes y menos jóvenes se plantean el dilema de los riesgos ante el peligro del consumo de sustancias, lanzándose a la piscina sin tener conciencia exacta de si tiene o no tiene agua. Si hay que aguantar los vaivenes de la cotidianidad que sea en compañía de algo que nos entusiasme, pero sin compromisos previos. Todo esto podrían ser premisas de un cambio de mentalidad en relación con las nuevas formas de evasión utilizando medios artificiales.

Cada vez es más usual levantarnos por la mañana y desayunar con el nacimiento de una nueva sustancia o adicción de la que los medios de comunicación se hacen eco con la rapidez que los caracteriza, sin contrastar mucho la información para ser los primeros en lanzarla a la opinión pública y llevarse la exclusiva como un mérito, con independencia de la veracidad o falsedad de lo informado. En los últimos meses se ha estado anunciando por los medios una nueva modalidad de adicción. Ha nacido una nueva era del colocón, a la carta y sin sobresaltos, y además, sin necesidad de ingerir porquerías de las que nadie tiene el más mínimo control, ni siquiera quienes las venden. Cómodamente en cualquier lugar y sin importar la hora o la compañía, nos bajamos unas e-drug de la red de redes y a disfrutar. Se origina un fenómeno que revoluciona las entrañas de los más serenos, dado que, por ahora, nadie tiene ni la más mínima idea de qué son o dejan de ser estos sonidos que, hilando fino, pueden generarte algún tipo de euforia, trance o placer psicológico.

La descripción de la noticia es somera, seguramente por lo incipiente, tendremos que dejarla madurar un poco, siempre y cuando no se enfríe demasiado y deje de interesar. Mediante los latidos binaurales conseguimos una alteración de la conciencia estimulando el cerebro a través de los oídos. Por cada uno de ellos se emiten unos sonidos diferentes que consiguen desarrollar un fenómeno neurológico capaz de generar sensaciones de euforia, relajación o trance. No es ningún misterio que mediante la estimulación se consiguen efectos potentes en el comportamiento humano, otra cosa es que se atine con las frecuencias adecuadas para discriminar en cada proceso. Si mediante una dosis de zumbidos, de entre quince y treinta minutos, se consiguen los resultados que algunos aseguran, estamos ante todo un nuevo reto. Las instituciones sanitarias están al quite, porque no saben qué contestar ante la pregunta de rigor, ¿son peligrosas?, y salen por la tangente asegurando que es una moda y que por el momento no entraña ningún peligro, pero no saben explicar por qué, dado que no hay evidencias científicas al respecto, ni en un sentido ni en el contrario. Podría resultar hilarante si no fuera porque estamos jugándonos demasiado con unas declaraciones vacías de contenido hasta que no se determine la posible peligrosidad de estos sonidos.

De alguna manera el no meter nada en el cuerpo, al estilo de las drogas tradicionales, parece que relaja al más preocupado. Si te dicen que tu hijo se está metiendo una “dosis” de chiflidos binaurales para estimular su creatividad, su euforia o su karma y todo ello acostado en su cama, puede que incluso hasta te guste cuando lo veas disfrutar en su dormitorio de esta novedosa forma de espantar monotonías. Y además en casa, sin salir con los amigos, que vaya usted a saber dónde van y con qué propósitos. Lo que asegura la noticia de esta revelación sonora es que, para colmo, se pueden elegir zumbidos a la carta, para estimular distintas acciones a desarrollar, desde la imaginación hasta el deporte, pasando, por supuesto, por el aumento del placer en las relaciones sexuales.

No obstante algunos profesionales han intentado profundizar algo más en el tema y se decantan por las mezclas. De esta forma uno puede estar escuchando uno de estos sonidos psicodélicos acompañándose de la ingestión de alguna de las sustancias que sí se tiene certeza científica que alteran el sistema nervioso central. La combinación de ambas sí provocará, sin lugar a dudas, una sintomatología de alteración de los estados de conciencia, pero para ese viaje no hacen falta alforjas, dado que sin necesidad de ponerse los cascos y escuchar nada de nada, se llegaría a la misma meta.

No deja de ser chocante, que se asevere en un comunicado de prensa, que los “expertos” certifican que no es adictiva, cuando acto seguido se sigue uno preguntando hasta qué punto se puede asegurar algo así, sin tener aún estudios que lo avalen. Pero al margen de este tipo de comentarios, cualquier cosa que nos haga más felices se convierte en un potencial adictivo para el comportamiento humano, al margen de que sea o no peligrosa para nuestra salud física, psicológica y/o social. La realidad final es que estamos ante otro frente abierto del que tenemos poca información veraz y que por las trazas que lleva el asunto se puede convertir en todo un éxito de ventas, siempre gracias a los medios de comunicación que lo publicitan de maravilla.

Todas estas noticias de pacotilla, siguen abriendo el debate de las adicciones no químicas o comportamentales, entre las que encontramos la adicción al juego, a las compras, al trabajo, al sexo, a Internet; hay quien incluye el dulce, el deporte de riesgo y la vigorexia, pero realmente podríamos tener en cuenta todos aquellos comportamientos que sean susceptibles de obnubilación, encandilamiento o compulsión. En la línea de salida contamos con parámetros que ciertamente se asemejan o están en la misma dimensión que las drogas químicas. Contamos con el concepto de dependencia, que se podría asimilar a ambos tipos de adicción, dado que de alguna manera se enfocan todos los esfuerzos hacia la búsqueda del placer mediante el consumo de las sustancias y en el caso de las comportamentales, mediante el consumo de juego, compras, Internet, etc. El concepto de tolerancia es un poco más complejo, dado que las sustancias químicas generan tolerancia fisiológica y para obtener los mismos efectos cada vez se tiene que ingerir más cantidad de sustancia y con mayor frecuencia hasta llegar al techo individual de cada cual, cosa que en las comportamentales sería mucho más difícil de establecer, sobre todo, porque no intervienen mecanismos fisiológicos, al igual que ocurre con el síndrome de abstinencia, que tampoco sería describible desde una adicción comportamental.

Tendríamos que determinar, para tranquilidad de todos, hasta qué punto podemos considerar un problema de adicción determinados comportamientos obsesivos, compulsivos o altamente reforzantes. Un buen orador se puede sentir enganchado a los discursos públicos, por el placer de sentirse admirado y recibir al final de su locución un buen suministro de aplausos y vítores, al igual que cualquier actor o comediante. Habría que sumar más aspectos relacionados con comportamientos de repetición susceptibles de adicción, porque un vendedor que se precie también se puede sentir embaucado por las ventas, trabaje o no por objetivos, por las consecuencias reforzantes de un buen negocio tras otro, al igual que un gran comensal, que disfruta con la buena mesa, ante un buen repertorio de manjares. De seguir así, cualquier conducta placentera podría entenderse como perseguible y, por tanto, como posible comportamiento adictivo.

No creo que tengamos que reinventar las drogas, ni las adicciones, sino establecer parámetros claramente definidos para referirnos a ellas, y no generar una especie de “todo vale” o “todo es adictivo” porque entre otras cosas generaremos un estado de alarma continuo quefinalmente se convertirá en una reactancia hacia el tema que lo desvirtúe y le reste credibilidad.

José A. García del Castillo
Director del INID
Universidad Miguel Hernández

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