EDITORIAL: DE LA CULTURA DEL VINO A LA SUBCULTURA DEL BOTELLÓN
Podríamos decir que, como siempre, algo estamos haciendo mal o estamos llegando tarde, en relación con la "droga reina" de nuestra cultura, el alcohol. Ya sé que no se trata de culpabilizarnos, ni de echar más leña al fuego para que ardan las estructuras de esta sociedad que nos alberga, pero debemos reconocer que todos y cada uno de nosotros tenemos una gran responsabilidad en la evolución de los acontecimientos sociales, en su desarrollo y en sus cambios. Sabemos positivamente que no basta con querer o desear las innovaciones, hace falta ser activistas para que puedan llegar a término y, sobre todo, al final que nos gustaría llegar.
Nos tendríamos que remontar más de cincuenta años atrás para encontrar una forma de beber alcohol distinta de la que estamos viviendo en la actualidad, donde beber alcohol era igual a beber vino y en un marco social en el que predominaba el grupo de amigos, la tertulia, "las tapas" y como única intencionalidad, el pasar un buen rato entre "chato" y "chato" de buen vino "peleón". Poco a poco y, prácticamente sin darnos cuenta, irrumpen dos bebidas que van abriéndose camino en nuestra cultura de una forma silenciosa pero contundente, la cerveza y las llamadas "bebidas blancas" (ron, ginebra, ...) que con multitud de combinaciones inundan el panorama de la noche festiva y las celebraciones "en familia". El vino se va refugiando, despacio y en silencio, en torno a las comidas y a la "buena mesa", mejorando sus calidades y ocupando un lugar mucho más de cultura gastronómica que de beber desenfadado.
De esta forma varias generaciones de jóvenes van trasformando su comportamiento de beber alcohol, en una búsqueda frenética de nuevos síntomas que logren transformarlos, aunque solamente sea por un breve periodo de tiempo, en personas desconocidas, incluso para sí mismos. El beber compulsivo lo asocian a la paradoja de la "diversión-noche" y les sirve de "rampa de lanzamiento" para intentar conquistar las máximas cotas de entretenimiento mediante un sistema poco sofisticado, barato y socialmente aceptado hasta ahora. Una buena fórmula para tranquilizar las conciencias adultas sigue siendo el intentar satanizar a la juventud, atribuyéndoles a ellos todos los males, pero no podemos ni debemos olvidar que su formación, su educación y, en definitiva, su integración global en las estructuras sociales, depende de todos sin excepciones. Hay que subrayar, que solamente es una parte de la juventud la que termina asociando alcohol-noche-diversión como algo esperado, deseado y necesario en su tiempo de ocio.
Otra cosa muy diferente es que seamos capaces de seguir manteniendo, en una sociedad moderna y que apuesta por la salud, esta gran contradicción, "beber sí, pero: ... con moderación; ... sin conducir vehículos; ... sin llegar a perder el control de nuestras acciones; ... sin hacerlo en la calle; ... solamente si somos mayores de edad; ... bebiendo alcohol de calidad..." La contradicción social nos muestra con claridad que beber alcohol perjudica pero no a todos por igual ni en las mismas circunstancias, quizás lo más complicado es educar a los más pequeños en esta incoherencia y que con el tiempo lleguen a comprenderla sin ser abusadores de alcohol. Pero la responsabilidad seguirá siendo compartida y quizás por ello nos resulta tan sencillo escapar de la amenaza de "culpa" que nos puede invadir en algún momento de nuestra vida.
Creo que la subcultura del botellón se queda, al final, en una mera anécdota social, ya que alberga a grupos de jóvenes ruidosos que hacen de la calle y de la noche su escenario y que acaban molestando a la ciudadanía con su comportamiento irregular. Pero cuando se encierran en una zona controlada de ocio donde no existen las molestias vecinales todo queda en eso, en un chascarrillo social. Pero, claro, lo que realmente subyace a este fenómeno es la historia personal de cada uno de esos jóvenes para llegar a ser uno más en esa "fiesta callejera", secundarla, apoyarla y hacerla efectiva al margen de su clase social, formación académica, creencias, ideologías y demás individualidades. Sigo pensando que algo se nos escapa o que llegamos tarde.
José A. García del Castillo
Director de Health and Addictions
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